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[Domuni Press] Entrevista con Yoann Heye: «La prudencia nos enseña a aprender de nuestros errores»
20 octubre 2026
¿Por qué dedicar un libro entero a la prudencia?
En Agir avec justesse (Actuar con acierto), Yoann Heye vuelve a examinar una virtud que considera fundamental para comprender nuestras elecciones y nuestra manera de vivir. En esta entrevista, relata su recorrido intelectual desde Aristóteles hasta santo Tomás de Aquino y explica por qué la experiencia, la educación, el deseo y el amor ocupan un lugar central en su reflexión.
¿Qué le llevó personalmente a estudiar la prudencia?
Lo que me interesó fue la distancia entre la imagen bastante limitada que tenemos hoy de la prudencia y la importancia considerable que ocupa en el pensamiento de Aristóteles y santo Tomás de Aquino. Tendemos a asociarla con la precaución: ser prudente significaría no correr riesgos. Sin embargo, descubrí una virtud mucho más dinámica. La prudencia interviene en el momento en que hay que pasar a la acción. Nos obliga a examinar la realidad, deliberar y, finalmente, decidir. Esta cuestión me parece profundamente humana: ¿cómo actuar cuando quiero obrar bien, pero nadie puede darme una respuesta prefabricada?
El título, Agir avec justesse, pone precisamente el acento en la acción. ¿Por qué eligió este título?
Porque la prudencia no consiste únicamente en reflexionar correctamente. Debe conducir a la acción. Podemos deliberar largamente, considerar todas las posibilidades y no llegar nunca a decidir. Eso todavía no es prudencia. La expresión «actuar con acierto» también transmite la idea de adaptación. Una situación concreta nunca se presenta exactamente igual que otra. Hay que tener en cuenta a las personas, las circunstancias, lo que sabemos, pero también lo que ignoramos. La prudencia busca la acción justa sin disponer de una fórmula que pueda aplicarse automáticamente.
Al estudiar a Aristóteles y santo Tomás de Aquino, ¿qué le interesó más de las diferencias entre ambos?
Presté especial atención al lugar que ocupa la voluntad. Santo Tomás conoce profundamente a Aristóteles, pero no se limita a repetirlo. Su concepción de las facultades del alma le permite, en particular, pensar de otra manera las relaciones entre el entendimiento, la voluntad y los apetitos.
Esto cambia nuestra comprensión de la prudencia. No decidimos mediante una razón completamente independiente de lo que deseamos o amamos. La voluntad interviene. Aquello hacia lo que nos orientamos profundamente influye en nuestra manera de deliberar y elegir.
Llega incluso a hablar del amor. Esto puede sorprender en un estudio sobre la prudencia…
Y, sin embargo, se trata de un punto esencial en el pensamiento de santo Tomás. La voluntad es una potencia apetitiva: aquello que amamos de manera preferente pone en movimiento nuestra reflexión y nuestras elecciones.
Esto también permite comprender por qué una persona muy inteligente no es necesariamente prudente. Puede razonar perfectamente y poner su inteligencia al servicio de un fin malo. La prudencia presupone una voluntad recta. La calidad de nuestras decisiones depende, por tanto, también de la orientación profunda de nuestro deseo y de nuestro amor.
Su libro concede también mucha importancia a la experiencia. ¿Por qué?
Porque nunca actuamos en abstracto. Actuamos con una persona determinada, en un momento concreto y en unas circunstancias específicas. Ahora bien, ningún razonamiento general permite conocer perfectamente todas estas particularidades.
Precisamente, la experiencia nos enseña a percibir mejor la realidad. La persona prudente sabe sacar provecho de lo que ya ha vivido, incluidos sus errores. Considero que este aspecto es especialmente importante: la prudencia no exige que nunca nos equivoquemos. También nos pide que sepamos aprender de aquello que no ha funcionado.
¿Significa esto que el juicio prudencial es siempre falible?
Sí. Podemos tomar una decisión que nos parezca acertada y descubrir después que se nos había escapado algún elemento. En el libro, pongo el ejemplo de una persona que atraviesa una situación dolorosa y a la que queremos consolar hablándole de Dios como padre. La intención puede ser buena, pero esas palabras pueden resultar inadecuadas si esa persona sufrió maltrato por parte de su propio padre y nosotros lo ignoramos.
Este ejemplo muestra hasta qué punto la prudencia exige atención y humildad. Debemos procurar ajustar nuestra respuesta a la realidad de la situación, sin imaginar que la dominamos por completo.
¿Se puede aprender a ser prudente o se trata, sobre todo, de acumular experiencia?
La experiencia es indispensable, pero no basta. La educación también desempeña un papel esencial. Aprendemos progresivamente a gobernar nuestros deseos, moderar nuestras reacciones, escuchar, deliberar y juzgar. Insisto también en la diferencia entre hábito y habitus. Un hábito puede volverse mecánico: ante una determinada situación, reproduzco automáticamente un comportamiento concreto. El habitus, por el contrario, nos permite afrontar una situación nueva con disposiciones adquiridas, sin dejar de ejercer nuestro juicio. Por tanto, la prudencia no genera automatismos, sino que forma a una persona capaz de adaptarse inteligentemente a la realidad.
¿Cambia esta reflexión nuestra manera de comprender el éxito de una acción?
Sí, porque tener éxito no significa simplemente obtener el resultado que se buscaba. Una acción puede ser técnicamente eficaz y, al mismo tiempo, moralmente mala.
Tanto para Aristóteles como para santo Tomás, la cuestión también concierne a quien actúa. A través de mis elecciones, no solo transformo el mundo exterior, sino que también me transformo a mí mismo. Mis actos van configurando progresivamente la persona en la que me convierto. Esto es, sin duda, lo que más me gustaría que el lector retuviera: la prudencia no nos enseña únicamente a tomar mejores decisiones. Nos recuerda que cada una de nuestras decisiones contribuye a construir nuestra vida. Obrar bien también significa aprender, poco a poco, a ser mejores.
Este libro está disponible en francés: Agir avec justesse.
Descubra y adquiera el libro en formato digital o en edición impresa.
