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[Domuni Press] Actuar con rectitud: la prudencia de Aristóteles a santo Tomás de Aquino

16 octubre 2026

¿Cómo tomar la decisión correcta cuando las circunstancias no nos ofrecen ninguna respuesta prefabricada? En Actuar con rectitud, Yoann Heye redescubre la prudencia a partir del pensamiento de Aristóteles y santo Tomás de Aquino. Lejos de ser una mera actitud de cautela, se presenta como una virtud esencial: aquella que permite discernir, elegir y actuar con rectitud.

Una virtud olvidada que conviene redescubrir

En el lenguaje cotidiano, ser prudente suele significar evitar el peligro, limitar los riesgos o abstenerse de actuar precipitadamente. La prudencia se asocia entonces con la reserva, e incluso con cierta timidez. Sin embargo, esta concepción dista mucho del sentido que le han atribuido las grandes tradiciones filosóficas.

En Actuar con rectitud. La prudencia de Aristóteles a santo Tomás de Aquino, Yoann Heye se propone devolver a esta virtud toda su profundidad. Tanto para Aristóteles como para santo Tomás de Aquino, la prudencia no consiste en protegerse de la acción; por el contrario, permite actuar y, sobre todo, actuar bien.

La cuestión es profundamente concreta. Podemos conocer principios generales, querer hacer el bien y perseguir un fin que consideramos justo. Pero ¿qué debemos hacer aquí y ahora, en una situación particular? Entre la intención y la acción existe un espacio para el discernimiento. Es precisamente ahí donde interviene la prudencia.

Aristóteles: aprender a deliberar bien

Yoann Heye comienza volviendo a la phrónesis aristotélica. Para Aristóteles, la persona prudente es capaz de deliberar correctamente acerca de aquello que contribuye a una vida buena. La prudencia pertenece a la razón práctica: no busca únicamente conocer la verdad, sino determinar qué conviene hacer.

Esta distinción es esencial. En la vida moral, no basta con aplicar mecánicamente una regla. Cada situación presenta circunstancias particulares que es necesario considerar. Por tanto, la prudencia requiere experiencia, capacidad de deliberación, juicio y un conocimiento de la realidad lo suficientemente matizado como para elegir los medios adecuados.

Tampoco puede separarse de las demás virtudes. Elegir bien supone que el deseo mismo esté orientado hacia el bien. La prudencia se sitúa así en la intersección entre la inteligencia y la acción: ilumina la elección y le confiere su justa medida.

De la phrónesis a la prudentia

Santo Tomás de Aquino recoge ampliamente esta herencia aristotélica, pero Yoann Heye muestra que no se limita a reproducirla. Su concepción de la prudentia se inscribe en una comprensión diferente del ser humano, de sus facultades y de su fin último.

En el pensamiento de santo Tomás de Aquino, la voluntad adquiere, en particular, un papel decisivo. La prudencia pertenece efectivamente a la inteligencia práctica, pero su ejercicio presupone una voluntad correctamente orientada. Por tanto, no basta con saber razonar hábilmente para ser prudente.

Esta distinción permite comprender por qué la prudencia no debe confundirse con la astucia o la eficacia. Una persona puede elegir inteligentemente los mejores medios para alcanzar un objetivo malo; sin embargo, esa habilidad todavía no constituye prudencia. Esta presupone una orientación hacia el bien y se inscribe en una vida virtuosa.

Santo Tomás de Aquino introduce también la noción de sindéresis, disposición mediante la cual la razón humana capta los primeros principios del obrar moral. Estos principios proporcionan una orientación universal; corresponde después a la prudencia discernir cómo aplicarlos en una situación concreta, siempre singular.

Encontrar el justo medio en un mundo cambiante

Uno de los principales aportes del libro consiste en mostrar que la prudencia se sitúa precisamente en el punto de encuentro entre los principios y una realidad que no deja de cambiar.

¿Cómo hacer justicia a una persona determinada en unas circunstancias concretas? ¿Cómo elegir entre varias posibilidades que parecen legítimas? ¿Cómo determinar los medios adecuados para alcanzar un fin bueno? No existe necesariamente una respuesta automática.

La prudencia exige entonces observar la situación tal como es, tener en cuenta a las personas y las circunstancias, deliberar y, finalmente, decidir. Busca el justo medio concreto de la acción virtuosa.

Esto explica también por qué la experiencia es tan importante. La persona prudente aprende de la realidad, incluidos sus propios errores. Su juicio se forma progresivamente. La prudencia no es, por tanto, ni una técnica ni un catálogo de soluciones: es una disposición adquirida que permite juzgar y actuar mejor.

La prudencia, en el corazón de las virtudes

El estudio de Yoann Heye también pone de manifiesto el lugar particular que ocupa la prudencia entre las virtudes. Mantiene una estrecha relación con la justicia, la fortaleza y la templanza. En el pensamiento de santo Tomás de Aquino, esta articulación resulta especialmente clara: las virtudes morales necesitan de la prudencia, mientras que la propia prudencia presupone disposiciones morales rectas.

Esta interdependencia configura una auténtica dinámica de formación de la persona. Obrar justamente no consiste únicamente en realizar una buena acción de manera puntual. A través de sus decisiones y sus actos, el ser humano se transforma a sí mismo.

La prudencia se convierte así en una virtud de autogobierno. Vincula el conocimiento, la voluntad, el deseo, la experiencia y la acción para orientar progresivamente la existencia hacia su fin último: la felicidad en Aristóteles y la bienaventuranza desde la perspectiva de santo Tomás de Aquino.

Una filosofía para aprender a actuar

Al poner en diálogo a Aristóteles y santo Tomás de Aquino, Actuar con rectitud no propone únicamente un estudio histórico de dos doctrinas filosóficas. El libro pone de relieve una cuestión que sigue siendo profundamente actual: ¿cómo tomar decisiones acertadas en situaciones complejas?

Entre unas normas demasiado generales para responder a todos los casos y una decisión abandonada exclusivamente a la percepción individual, la prudencia abre otro camino. Invita a formar el propio juicio, adquirir experiencia, ordenar los deseos y confrontar las decisiones con la realidad.

Redescubrir la prudencia significa, en definitiva, recuperar una concepción exigente de la libertad: no simplemente poder elegir, sino aprender a elegir aquello que permite obrar bien y, mediante nuestros actos, llegar a ser mejores.

Este libro está disponible en francés: Actuar con rectitud — Domuni Press.

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