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«La Iglesia debe recuperar el camino hacia los artistas»: entrevista a Frédéric Curnier-Laroche

9 octubre 2026

¿Por qué el arte contemporáneo sigue suscitando tanta desconfianza en las iglesias? En La Iglesia y los artistas contemporáneos, Frédéric Curnier-Laroche analiza los éxitos y los conflictos para comprender qué favorece el encuentro. Reflexiona sobre la libertad del artista, el discernimiento eclesial y la urgencia de restablecer el diálogo.

Usted comienza su libro con una pregunta provocadora: «¿Hay que tener miedo a los artistas contemporáneos?». ¿Por qué?

No es una pregunta tan provocadora como podría parecer, porque ese miedo existe realmente. Basta con observar la reacción de su interlocutor cuando pronuncia las dos palabras «arte contemporáneo». Cuando una obra contemporánea entra en una iglesia, incluso antes de haberla visto, suscita casi inmediatamente rechazo o incomprensión: se considera que no es lo bastante bella, que no es suficientemente religiosa o que está demasiado alejada de las representaciones habituales y, por tanto, que no es digna del lugar. Entonces, las polémicas se imponen… ¡Y me limitaré a mencionar las extraordinarias vidrieras de Claire Tabouret para el ciclo de Pentecostés de Notre-Dame de París! No digo que toda creación contemporánea deba aceptarse ni que vaya a cumplir su misión en la Iglesia. Sin duda, el discernimiento sigue siendo indispensable, pero, antes de juzgar, hay que tomarse el tiempo necesario para mirar, comprender y conocer al artista. La Iglesia habla de misión y de transmisión; por tanto, no puede considerar la creación artística de su tiempo como algo ajeno a la fe. ¡Imaginemos que hubiera sucedido lo mismo con Giotto, Miguel Ángel o incluso Chagall!

¿Por qué ocupa el Plateau d’Assy un lugar tan importante en su reflexión?

Porque este proyecto concentró muchas de las tensiones que atraviesan la relación entre la Iglesia y los artistas. El padre Couturier y el canónigo Devémy se atrevieron a invitar a grandes creadores a trabajar para una iglesia sin exigirles que fueran creyentes. Ante todo, reconocieron su condición de artistas. Sin duda, fue el Cristo de Germaine Richier el que provocó una crisis violenta. Algunos rechazaron aquel cuerpo demacrado, áspero e irreconocible. Sin embargo, la profunda convicción de la artista era que, mediante la evocación del Siervo sufriente de Isaías, podía llegar a los enfermos de los sanatorios cercanos que acudirían a rezar ante aquella imagen: una figura sufriente que adquiría una fuerza particular y que verdaderamente salía a su encuentro.

No me detendré aquí en la violenta polémica difundida por determinados grupos y por la jerarquía eclesiástica —un asunto que abordo detalladamente en el libro—, sino que quiero plantear una cuestión esencial: ¿debe una obra religiosa corresponder a una imagen familiar o puede —y quizá debe— incomodarnos para conducirnos más lejos?

Usted defiende la libertad del artista. ¿Hasta dónde puede llegar esta libertad en una iglesia?

La libertad es esencial, pero se ejerce en el marco de una relación. Una obra destinada a una iglesia entra en un espacio que posee una historia, una función litúrgica y una comunidad. El artista debe tener en cuenta esta realidad. Por lo general, es el primero en querer impregnarse de la historia del lugar y de su mensaje evangélico. El verdadero artista no es un aficionado frívolo ni un impostor. A la inversa, la Iglesia y el clero no pueden tratar a los artistas como simples ejecutores, dando por sentado que saben mejor que ellos mismos lo que deben hacer. Si determinan de antemano la forma, el estilo y la representación, ya no dejan espacio para la creación. Precisamente, un proyecto de creación contemporánea en una iglesia puede constituir una excelente oportunidad para que obispos, sacerdotes y comunidades parroquiales conozcan mejor el genio artístico.

Por eso hablo de corresponsabilidad. La Iglesia expresa lo que representa y lo que desea transmitir; el artista responde con su propio lenguaje. El encuentro se convierte entonces en una experiencia creadora y enriquecedora.

En Grignan, Ann Veronica Janssens no representa ninguna escena cristiana. ¿Por qué encuentra su obra un lugar en esta capilla?

Por una parte, esta artista recupera el sentido del simbolismo cristiano y lo actualiza mediante una técnica y un enfoque propios de su trabajo con la luz. Por otra, demuestra que el arte religioso no se limita a la representación. En cierto modo, se produce una verdadera comunión entre la artista y el lugar. En la capilla de Saint-Vincent, Ann Veronica Janssens transforma el espacio mediante paneles de vidrio coloreado. La luz cambia a lo largo del día y modifica continuamente la percepción del lugar. Representa a Cristo de manera simbólica, y no mediante una imagen tradicional. Sin embargo, su obra conduce al silencio y a la contemplación. Por tanto, nos obliga a ampliar nuestra mirada. La luz, el color, la materia o el vacío también pueden abrirnos al misterio, como sucedía en la arquitectura de los primeros tiempos del cristianismo.

He querido invitar al lector a superar la pregunta recurrente «¿Qué representa esta obra?» para que pueda abrirse a la posibilidad de vivir una experiencia: «¿Cómo me hace vivir esta obra y de qué manera sostiene mi espiritualidad?».

El Vía Crucis de Agathe Stéfani y Aude Carré-Sourty ilustra, según usted, un encuentro logrado.

Sin duda, porque todo comienza con la confianza. Un sacerdote descubre su trabajo en una galería y percibe su profundidad espiritual. Es él quien les propone crear un Vía Crucis, proporcionándoles un fundamento claro: los textos evangélicos. No les impone nada más. Y quisiera subrayar que no las abandona, pues el diálogo iniciado continúa a lo largo del proceso creativo de estas dos artistas, que reinterpretan la forma habitual heredada del siglo XIX que encontramos regularmente en nuestras iglesias.

El promotor transmite, por tanto, un sentido, lo explica y observa cómo lo reciben las artistas, que inventan una forma que él mismo no habría podido imaginar. Esto es precisamente lo que debería ser, en 2026, un proyecto de creación artística para una iglesia.

En Anzy-le-Duc, el proyecto de Gérard Fromanger fracasa. ¿Qué revela este episodio?

¡Qué desperdicio! El proyecto para la iglesia de Anzy-le-Duc es un ejemplo emblemático de lo que sucede cuando el diálogo no se establece con suficiente antelación. En un proyecto destinado a una iglesia intervienen numerosos actores: el artista, la parroquia, el obispo, las instituciones religiosas y patrimoniales, los cargos electos y los habitantes. Sin embargo, en este caso, desde el principio todo se hizo en contra de cualquier criterio razonable. Bajo el efecto de violentas campañas en las redes sociales, acompañadas de una impresionante difusión de información falsa, argumentos engañosos y agresivos intentos de desestabilización, las posiciones se endurecieron rápidamente. Circularon imágenes que quienes las difundían eran incapaces de explicar honestamente, lo que amplificó los temores y las incomprensiones. Una controversia violenta e inquietante sustituyó al diálogo.

Acompaño al lector en el análisis de esta oportunidad perdida e incluso propongo una posible vía para acoger la obra de Gérard Fromanger. Pero quiero subrayar que encargar una obra artística no consiste únicamente en elegirla. También hay que explicar el proyecto, preparar su acogida y permitir que los distintos actores dialoguen. De lo contrario, cada uno corre el riesgo de replegarse en sus propios criterios y de privarse definitivamente de un enriquecimiento profundo y duradero.

Usted contrapone con frecuencia el discernimiento y el control. ¿Qué diferencia establece entre ambos?

Controlar consiste en determinar lo que el artista debe producir. Discernir significa examinar una propuesta desde distintas perspectivas: la calidad artística, el sentido cristiano, la finalidad del espacio, la liturgia, el simbolismo y la comunidad de los fieles. Me apoyo, en particular, en el pensamiento del dominico Pie-Raymond Régamey, cuyo enfoque del discernimiento sigue siendo plenamente actual. Su reflexión nos recuerda que una obra mediocre no se convierte en buena porque su autor sea creyente o porque retome una iconografía tradicional que ya hemos visto. A la inversa, una creación nueva no debe rechazarse ni aceptarse simplemente porque sea espectacular o sorprendente. El discernimiento exige, por tanto, una mayor cultura, diálogo y capacidad de comprensión, en lugar de la mera conformidad con un modelo.

¿Qué papel pueden desempeñar las Comisiones Diocesanas de Arte Sacro?

Pueden ejercer una auténtica función de mediación. Reúnen competencias artísticas, litúrgicas, teológicas y patrimoniales. Asesoran, acompañan los proyectos y permiten que los distintos actores se encuentren. Pero no son las únicas que pueden contribuir. También es necesario educar la mirada. Aprendemos a leer un texto con mucha más facilidad que a contemplar una obra de arte.

Todos nosotros —los miembros del clero (obispos, sacerdotes y seminaristas en formación), los fieles, los integrantes de asociaciones de protección del patrimonio y cada uno de nosotros— debemos desarrollar nuestra sensibilidad artística. ¿Somos curiosos? ¿Nos tomamos el tiempo necesario para observar verdaderamente lo que nos rodea, incluido el arte? Nada puede sustituir el contacto directo con los espacios culturales, los artistas, sus talleres y sus procesos creativos.

¿Qué le gustaría que el lector retuviera, en definitiva, de su libro?

Me gustaría que esta obra fuera una invitación a vivir en el tiempo que nos ha tocado vivir, otorgándole todo el sentido que reclama. Es una invitación a la apertura, a la curiosidad y a la libertad, y pretende recordar que la Iglesia y los artistas tienen mucho que decirse si superan y reinterpretan ese arte al que parecemos aferrarnos y que, cuando queda inmovilizado, a menudo nos encierra. Basta con observar que los creadores contemporáneos se interrogan sobre el cuerpo, la fragilidad, la luz, el silencio, la violencia, la ausencia, la muerte o la esperanza. Dan expresión a las preguntas y los sufrimientos que forman parte de nuestra propia experiencia. Estas cuestiones conectan profundamente con la experiencia cristiana, incluso cuando no se expresan mediante un lenguaje religioso. La Iglesia debe aceptarlo e integrarlo. Debe encontrarse con los artistas, escucharlos y discernir.

Una tradición viva no se limita a repetir las formas del pasado: acepta que la creación de su tiempo la cuestione y la ayude, en ocasiones, a mirar de otra manera. Así, el diálogo con los artistas puede volver a convertirse en un auténtico espacio de fe y de expresión de lo divino. El arte religioso auténtico se contempla no desde lo que esperamos encontrar ni desde la posesión de una imagen que consideramos perfecta, sino desde una mirada capaz de reconocer, servir y amar.

Este libro está disponible en francés.

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