El curso:

  • Sistematiza los aportes a la pneumatología realizados por los estudios bíblicos y patrísticos.
  • Recoge líneas inspiradoras para una teología del Espíritu Santo ofrecidas por el magisterio universal y latinoamericano de la Iglesia.
  • Brinda una reflexión sobre los signos de los tiempos como categoría teológica que permite discernir la presencia salvífica de Dios en los acontecimientos.
  • Ofrece una bibliografía general
  • Proporciona referencias bibliográficas específicas en cada uno de los temas
  • Invita a realizar lecturas personales que ayuden a profundizar y ampliar los contenidos presentados.
  • Utiliza imágenes, no como recurso decorativo, sino como un lenguaje artístico que permite una aproximación contemplativa a los temas que se desarrollan. La mayoría de ellas pertenecen a Maximino Cerezo Barredo, conocido como “pintor de la liberación” y son de libre uso. Otras pertenecen a Amerindia, y también lo son.

 

El Espíritu Santo en el mundo y en la historia

El Espíritu Santo, autor de la Encarnación del Verbo de Dios en las entrañas de la Virgen María, es también quien realiza la inculturación del evangelio, concepto teológico inspirado en el misterio del Dios hecho carne. Como dice el papa Francisco “la gracia supone la cultura, y el don de Dios se encarna en la cultura de quien lo recibe” (EG 115).

De este modo la acción del Pneuma derramado sobre toda la creación y sobre todos los pueblos, conduce hacia la plenitud en Cristo de todas las cosas. La Constitución Gaudium et Spes (GS) había afirmado que “debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual” (GS 22). Esto vale tanto para los cristianos/as como para los que no lo son. Por el Espíritu las personas y los pueblos reciben el evangelio en sus propias matrices culturales aún antes de la llegada de los evangelizadores.

Dice Víctor Codina (2023), uno de los teólogos pioneros en la pneumatología latinoamericana, que:

“El Espíritu, pues, está activo en toda la historia de salvación hasta el final de los tiempos: llena la creación; engendra sabiduría, bondad, justicia, belleza, respeto a la creación y a las diferencias; suscita carismas; inspira culturas y religiones; todo lo renueva desde dentro; fomenta la justicia y la paz (Is 11,1-9). El Espíritu es dinamis­mo y movimiento, es vida plena y nun­ca está en huelga”. (pág. 7)

Creemos que el Espíritu precede, es decir, se anticipa a toda acción eclesial y a toda reflexión teológica. Por eso es importante comenzar por el Espíritu, la mano del Padre, que actúa con la mano del Hijo para realizar su obra salvadora. A lo dicho en el párrafo anterior, Codina agrega:

“Comenzar por el Espíritu significa partir de la realidad personal y social, ayudar a comprender todo el trabajo que se realiza por la justicia, la verdad, la solidaridad con los últimos, valorar todo lo positivo que hay en las diferen­tes culturas y religiones. Es Él quien nos ayuda a abrirnos a la trascendencia y a la religión, al Misterio último que da sentido a la vida y a la muerte”. (pág. 7)

Escrutar los signos del Espíritu es un enorme desafío para el compromiso cristiano en tiempos donde se plantean nuevas y muy grandes cuestiones a la acción evangelizadora, tanto en lo local como en lo global. Ciertamente, estamos ante una etapa inédita en el mundo y en la historia, surcada por enormes brechas que la divide a la humanidad, confinando a inmensas mayorías a situaciones sin esperanza.

El papa Francisco en Laudato Si’ (LS) y Fratelli Tutti (FT) así como también en la exhortación postsinodal Querida Amazonía (QA) y en los numerosos mensajes dirigidos a los fieles cristianos y a toda la humanidad nos ofrece un panorama de la situación que vive la humanidad. Si somos contemplativos de la realidad en la que vivimos también podemos sopesar la magnitud de una crisis que parece agudizarse a medida que pasan los días.

Por un lado, la creación de Dios sufre y gime dolores de parto a causa del maltrato recibido por la acción humana. Por otro lado, la guerra vuelve a aparecer una vez más con toda su fuerza destructora, amenazando extenderse hasta los confines de la Tierra. No hay región que no sufra algún tipo de violencia, ya sea a causa del narcotráfico y del crimen organizado, ya por la acción bélica iniciada por las grandes potencias.

Los movimientos migratorios de gente que huye desesperadamente de los conflictos y de las tragedias económicas que sumen en la miseria a grandes poblaciones están al orden del día. Se generan conflictos étnicos, luchas por el control de los territorios, muertes en el Mediterráneo o en la selva del Darién, entre Colombia y Panamá.

La vida cotidiana no está exenta de enfrentamientos y polarizaciones que frecuentemente dejan heridos y muertos en los barrios y en los caminos. A esto se suma la reciente catástrofe sanitaria ocasionada por la pandemia del Covid-19, que ha puesto al rojo vivo la experiencia de vulnerabilidad de la vida humana de manera transversal y contundente.

La tempestad representada en el momento extraordinario de oración en tiempos de epidemia, presidida por el papa Francisco el 27 de marzo de 2020 parece que no termina de aplacarse.[2] Sin embargo, “sabemos que las cosas pueden cambiar” (LS 13). El Espíritu de Dios actúa en medio de las tinieblas y aletea en medio del caos, preparando una nueva creación.

Una recta reflexión pneumatológica nos remite al contexto, que hoy no puede entenderse sino en la interacción entre lo local y lo global. Nada puede resultar indiferente pues todo está interconectado (LS).