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LA EXCAVACIÓN, HISTORIA DE UN DESCUBRIMIENTO

LA EXCAVACIÓN, HISTORIA DE UN DESCUBRIMIENTO 11 de Febrero de 2021

La excavación (Inglaterra 2020 112 min. Plataforma Netflix) está basada en la historia real de Edith Pretty, propietaria de unas tierras del condado de Suffolk, al este de Inglaterra, donde a finales de los años treinta del siglo pasado, se encontró uno de los enterramientos más importantes del Reino Unido. De la mano del arqueólogo Basil Brown, Pretty impulsó la excavación de Sutton Hoo, en la que se descubrió un barco funerario de tiempos anglosajones, un tesoro arqueológico que hizo brillar la Edad Oscura (años 400 al 1000 en Gran Bretaña). Este tesoro, que Edith Pretty regaló al Museo Británico (la pugna por la propiedad, que se otorgó finalmente a Pretty, es un asunto jugoso que trata muy de pasada el film) y se exhibe en la sala 41 del señalado Museo.

Los actores Carey Mulligan y Ralph Fiennes interpretan respectivamente a Pretty y Brown. Quizá su director Simon Stone se decanta demasiado por realizar un film contemplativo, con una idónea banda sonora y unos planos cuya luz se acerca un anuncio publicitario. Basada en una novela de John Preston, la película incluye una subtrama con dos jóvenes y guapos que intenta hacer un paralelismo con los dos protagonistas, pero que desvía la atención de temas tan importantes como: el poderoso vínculo de la tierra con el pasado, la lucha entre grandes museos y pequeños, y la historia de una mujer rica, sola y enferma, etc.

En líneas generales, La excavación cuenta los hechos como fueron. La terrateniente Edith Pretty (1883-1942), viuda de un coronel, decidió averiguar qué había bajo el túmulo más grande de los numerosos de un paraje en la finca de su propiedad. Para ello contactó con los responsables del cercano Museo de Ipswich que, ocupados con ruinas romanas, le enviaron al arqueólogo local aficionado y autodidacta, pero con un olfato único para las antigüedades, Basil Brown (1888-1977), que empezó por excavar otros dos túmulos que le parecieron más prometedores aunque acabó, en la segunda temporada iniciada en mayo de 1939, abriendo el que quería la viuda, el Montículo 1.

Lo que apareció fue algo asombroso: un barco. Mejor dicho, el fantasma de un barco: su huella en la arena, porque la madera había desaparecido a causa de la acidez del terreno. No obstante, la impresión era tan nítida que se podían reconocer exactamente los detalles del casco y las cuadernas, en cuya unión se conservaban los clavos de hierro. “A este barco sólo lo sujeta el peso del tiempo”, señala un personaje. Parecía una nave vikinga como las que se habían hallado en túmulos similares en Escandinavia, pero aparecieron 37 monedas merovingias que probaban que era en realidad anterior, del siglo VII, por tanto de los anglosajones, o sea de la cultura resultante de la mezcla de los pueblos invasores germánicos y la población local de Britania tras la marcha de los romanos. Y seguramente era el entierro de un rey de la heptarquía de Estanglia (Anglia Oriental), posiblemente Redvaldo (599-625), pues no se enterraba a cualquiera en un barco y con el espléndido ajuar que se descubrió.

Era un barco, de casco esbelto con aire de drakkar vikingo (27 metros de eslora y 38 remos), que fue arrastrado desde el vecino río Deben y enterrado en un gran túmulo entre los años 600 y 650. Curiosamente, carecía de mástil. Era la nave funeraria de un alto personaje anglosajón y contenía un equipamiento sensacional de objetos preciosos, entre ellos piezas que son ya verdaderos iconos como el célebre casco de guerrero (el elemento más reconocible de la Edad Oscura británica), la espada (que parece hecha para un zurdo), el escudo con figuras de pájaro y dragón, el monedero decorado con oro y zafiros, el cetro (en realidad una piedra de afilar ornamentada), los cuernos para beber o el broche de cinturón primorosamente cubierto de relieves; también remos, un hacha de guerra, una lira, lanzas, ropa, y elementos exóticos venidos de tierras lejanas: un cuenco bizantino de plata, piedras preciosas, etc.

Como se señala en la película, el hallazgo probó que los reinos anglosajones altomedievales no eran bárbaros salvajes e insignificantes sino que poseían gran riqueza, buen gusto y contactos cosmopolitas. Testimonió asimismo que el gran poema sajón Beowulf, en el que aparece un entierro en barco, tenía una base muy real. Como dice muy elocuentemente en la película el arqueólogo de la Universidad de Cambridge Charles W. Phillips -un personaje real que fue el que dirigió la investigación, y que no ninguneó a Basil Brown– “la Edad Oscura ya no es tan oscura gracias a Sutton Hoo”.

Uno de los misterios del gran barco de Sutton Hoo fue la falta del cuerpo. Si era una tumba, ¿dónde estaba el muerto? No se encontraba ni rastro, lo que llevó a pensar que se trataba de un cenotafio, un sepulcro simbólico sin difunto. Quizá el sujeto se había ahogado en el mar o caído en batalla sin que se pudiera recuperar su cuerpo. O quizá se le diera un entierro cristiano en otro sitio y, muy pragmáticamente, el pagano sin cadáver del barco. No obstante, nuevas excavaciones parecen probar que el cuerpo sí estaba y que lo que pasó es que el terreno se lo comió, lo disolvió como al propio barco, pues en 1979, se descubrió que hubo un ataúd al hallarse los clavos de hierro que se conservaban, y un análisis químico de la tierra reveló la presencia de fosfatos, indicación de que un cuerpo se había descompuesto allí.

La película en cuestión, teñida de un delicado tono crepuscular, casi chejoviano (“¿qué quedará de nosotros cuando pasen mil años?”) y llena de metáforas arqueológicas de la vida, se centra en el hallazgo en 1939, mientras Gran Bretaña se encaminaba hacia la guerra. Retrata muy bien a los protagonistas Pretty y Brown. No parece que hubiera entre ellos una relación sentimental. La excavación se basa en la novela del mismo título de John Preston, cuya tía, la arqueóloga Peggy Piggott -la joven insatisfecha de la película-, participó en la aventura y encontró los dos primeros objetos de oro. Otros personajes son ficticios como el del fotógrafo y aviador. Tampoco hubo un piloto de la RAF que se estrellara en el Deben entonces, aunque si cayó no muy lejos en 1943 un bombardero B17, del que solo hubo dos supervivientes.

La película no se rodó en el emplazamiento real, que es un área arqueológica protegida. Pero la reconstrucción de la excavación es extraordinaria. El filme, y esto lo valoran los arqueólogos, muestra el proceso lento, minucioso y cuidadoso de los trabajos. Pese a las prisas a que obligaba la guerra que se avecinaba y la falta de medios, sobre todo al inicio, se excavó con mucho respeto, aplicando la metodología precisa. La escena de Brown cubriendo el barco con plásticos durante un aguacero es paradigmática del amor que sienten los arqueólogos por sus yacimientos. “Trabajo para el futuro”, dice Brown, “para que la gente sepa de dónde viene”.

Tiene un eco de El paciente inglés, por su tono romántico/ triangular (aunque aquí el casado es él), su énfasis en los paisajes, la misma época y la presencia de Ralph Fiennes en el papel de un hombre obsesionado con el pasado, como lo estaba el conde Almásy de la novela de Ondaatje y el filme de Minghella.

La frágil Mulligan y el obstinado Fiennes son, de lejos, lo mejor de un filme histórico, tan inglés y tan correcto como fácil de digerir. Y es una pena, porque la historia de Sutton Ho, que ocurrió justo antes de la Segunda Guerra Mundial, fue un rayo de luz antes de que se abriera el insondable abismo bélico.



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