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DRIVE MY CAR (Japón 2021)

DRIVE MY CAR (Japón 2021) 26 de Abril de 2022

En un mundo en el que se manipulan las emociones hasta la indecencia y donde lo vulgar campa a sus anchas haciéndose pasar por original y transgresor, es casi milagroso que exista Drive My Car, una de las películas más excepcionales de los últimos años, cuyo viaje al alma humana se sostiene sobre la delicada precisión de Antón Chéjov y una de sus cumbres dramáticas: Tío Vania. La vida, la memoria, el legado, el recuerdo de los que no están, es el tema que se teje entre la obra de teatro y el filme, que se va hilando con gran maestría narrativa.

El reputado cineasta japonés Ryûsuke Hamaguchi con la misma elegancia del viejo coche Saab rojo al que tanto apego tiene el protagonista -un reputado actor y director teatral que acaba de perder a su esposa-, nos acerca a unos personajes cuya derrota, dolor y consuelo trascienden a través de un montaje de la obra teatral en Hiroshima, ciudad-metáfora de la destrucción y la reconstrucción humanas.

Drive My Car es una película sobre el duelo y la incomunicación que, frente a esa grieta que hoy nos acecha a todos, se aferra a las formas tranquilas y refinadas del dramaturgo ruso (1860-1904), quien hasta el último aliento abominó del “deprimente” mal gusto que entonces lo rodeaba.

En el prólogo se presenta el frágil andamio sobre el que se sostiene la vida del complejo y fascinante personaje principal, interpretado por el deslumbrante actor japonés Hidetoshi Nishijima junto con un reparto de excelentes intérpretes en el que también destaca, al volante del Saab, con su gorra y su triste mirada, la actriz Tôko Miura. Lo que seguirá a ese prólogo es una vida cotidiana sostenida con alfileres, siendo uno de esos viajes que solo el gran cine proporciona, un viaje a la verdad a través de personas cuya vida se ha quedado varada en la mentira. La relación que establece el director teatral con sus actores (en la banda sonora original parece ser que cada uno habla en su idioma: japonés, coreano, etc.) y, especialmente, con la chica encargada de ser su chófer– se aleja de cualquier tentación catártica para, durante las casi tres horas que dura la película, ofrecer un recital de sutilezas enmarcado en la Hiroshima contemporánea.

A su callada manera, estamos ante una de las películas más profunda del cine reciente –“obra maestra” la han calificado gran cantidad de críticos-, en la que un cineasta de la palabra como es Hamaguchi, se abre paso de forma sobrecogedora al poder del silencio. Una película cuyo ritmo interno sosegado deja reposar el torrente de ideas y sentimientos, pero que va creciendo hasta apoderarse por completo del espectador en su impresionante recta final. Ocurren muchas cosas en ese desenlace y en su enigmático epílogo. En una secuencia prodigiosa, que arranca en el monitor de un camerino donde se recibe en directo la señal de lo que ocurre en el escenario del teatro de Hiroshima, entramos en la última escena de la obra de Chéjov. Allí, la actriz sordomuda que interpreta a la joven Sonia responderá al abatido y desconsolado Vania con los signos de sus preciosas manos. Abrazada a su espalda, frente al público, con el gesto grave de una delicada mimo que entronca con el tradicional kabuki, le recordará que hay que seguir el camino: “¡Hay que vivir y viviremos, tío Vania!”, que rubricará la escena final de la conductora del coche.

Con la lente de aumento de un texto teatral universal en una mano y la de la más exquisita tradición del cine japonés en la otra, dejando que ambos lenguajes formen una trenza con vida propia, Hamaguchi nos recuerda que existe esperanza y que, más allá de la soledad y el frío, el corazón, como su coche rojo, sigue latiendo.

 

Alfonso Esponera Cerdán o.p.



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