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NARCISO Y GOLDMUNDO (Alemania 2020)

NARCISO Y GOLDMUNDO (Alemania 2020) 5 de Marzo de 2021

La novela del escritor germano-suizo Herman Hesse Narciso y Goldmundo, publicada en 1930 (la he leído en una traducción de L. Tobío, publicada en Argentina en 1948), escrita por tanto en la Alemania de entreguerras, estaba centrada en las diversas y complejas relaciones humanas en la abadía de Mariabronn y en el mundo rural y urbano medieval. Puede decirse que es una alegoría de los dos componentes básicos de la personalidad humana y, como todas las novelas de Hesse, aborda temas espirituales con elementos fantásticos, en este caso la "Madre-Eva", que ayuda al desarrollo de Goldmundo (Crisóstomo ó "boca de oro", es “gold mund” en alemán). La novela, con un detallado costumbrismo, reflexiona sobre muchos (el amor, Dios, el mal en el mundo y en el hombre, los judíos perseguidos, la muerte en tramos materializada en la Peste Negra, la autorrealización, el Arte, el mundo interior, los razonamientos, los sentimientos, etc.), y sobre todo acerca de la dicotomía entre lo espiritual y lo natural, entre el rigor del ascetismo y la llamada de lo sensitivo, de la voluntad de vivir y de experimentar, personificada en la evolución de sus dos protagonistas. Además, es un texto sobre la conciliación posible entre antagónicos, algo que no ocurriría poco tiempo después al subir Hitler al poder.

La película (Alemania 2020; en las Plataformas: Movistar, Filmin y Amazon; duración: 118 m.), se atreve a adaptar bastante libremente esta compleja novela homónima de H. Hesse, conservando el espíritu conciliador al presentar los enfoques vitales de los dos verdaderos y grandes amigos, siendo su mensaje final: “sé siempre feliz”, “sé joven y bello en tu corazón”. Por una parte Goldmundo, a quien le encanta el sexo, el amor de las mujeres, el afán de independencia y de correr mundo, pero cargado con el pesado trauma de su desparecida madre; y por otra, Narciso un monje culto y delicado. Han crecido juntos, pero la mística y la vida austera de uno no tiene nada que ver con la sed de aventuras y conocimientos terrenales del otro. Pese a ello, a las separaciones de años y a las maneras de ser enfrentadas, se quieren, comprenden y necesitan.

El director austriaco Stefan Ruzowitzky ha preferido actualizarla en cierta manera en una narración que tiene mucho de deseos reprimidos, de amistad volcánica, de acceso a lo prohibido. Así, esta versión cinematográfica se configura como una suerte de reverso explícito de una de las tramas de otra novela excelente y después plasmada en película, también desarrollada en la compleja vida cotidiana de un monasterio medieval: El nombre de la rosa, de Umberto Eco.

La inicial amistad infantil desemboca en incomprensión juvenil, incapaces los protagonistas de entender lo que les ocurre en lo físico, lo moral e incluso lo teológico.

Años después, Narciso, que ha alcanzado el rango de abad, contrata al rencontrado Goldmundo para diseñar un nuevo altar para la iglesia abacial. Durante los largos días de trabajo y las horas de descanso, ambos reflexionan sobre el pasado, el vínculo que los une y las lecciones que han aprendido el uno del otro. Goldmundo también tiene la oportunidad de meditar sobre la vida que ha escogido y darse cuenta de que una existencia sencilla dentro de los muros del monasterio no habría sido suficiente para él. Reflexiona sobre cómo ha experimentado el amor, la muerte, la traición y la autorrealización al convertirse en artista. Se hace preguntas centradas en los bienes terrenales y la añoranza de la madre que desapareció cuando era niño. Es precisamente el anhelo por una absolución espiritual lo que le llevará a encontrar su destino.

El film despliega una adecuada presentación en el apartado visual así como en las interpretaciones de su reparto estelar, entre los que destacan grandes nombres del actual cine alemán y austríaco, que enriquecen a los personajes secundarios con su talento y presencia. Por otra parte, el diseño de producción evoca un escenario medieval suficiente. Pero es un trabajo un poco desigual con algunos discutibles efectos oníricos discretamente estéticos, que no acaba de cuajar con cierta profundidad la multitud y disparidad de los grandes temas que presenta, ofreciendo además algunos problemas de estructura narrativa.

Ruzowitzky -galardonado con el Oscar a la mejor película de habla no inglesa por Los falsificadores (2007), aunque con una obra anterior más redonda: la notable Los herederos (1988)- sabe cómo mantener su narrativa centrada en el viaje personal de Goldmundo, especialmente en los aspectos espirituales y filosóficos, y en lugar de caer en la tentación de ofrecer un mero fresco histórico, la película recorre con éxito la fina línea que separa la fábula del ensayo atemporal sobre la Humanidad, típica de los escritos de Herman Hesse.

Su cierto interés hace a ésta, una película, al menos, desacostumbrada en el panorama cinematográfico actual.



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