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CIEN AÑOS DE BERLANGA (1921-2010)

CIEN AÑOS DE BERLANGA (1921-2010) 21 de Mayo de 2021

Hay películas que me acompañan toda mi vida desde que las vi por primera vez porque siguen otorgándome placer, sentimiento y ensoñación, aunque me las sé casi de memoria. Entre ellas hay dos que llevan la firma de un director español, filmada en blanco y negro, rebosante no ya de talento sino de algo infrecuente e impagable llamado genialidad. Son Plácido (1961) y El verdugo (1963), del valenciano Luis García Berlanga, que ahora cumpliría cien años.

En ellas muestra que era dueño de un universo irrepetible, de una forma genuina de observar y retratar a las personas y las cosas. Mediante una cámara inimitable, llena de personalidad y fuerza, capaz de aglutinar a un montón de personajes en los planos secuencia y transmitir lo que hace y dice cada uno de ellos con precisión, gracia y lucidez inigualables. Fue alguien convencido de que la sociedad es tan asfixiante como cruel, de que ser pobre obliga al ejercicio cotidiano del “sálvese quien pueda”, de que la tela de araña es permanente contra la frágil ilusión de sentirse libre. Era maestro de la corrosión, el esperpento y el sarcasmo, mostrando la realidad con todas sus aristas, su complejidad y su verdad, agradablemente salvaje y ácrata, pero también compasivo con los débiles. Y está claro que su encuentro con el guionista Rafael Azcona es de las mejores cosas que le ocurrieron al cine español.

Pero siendo inconfundible su estilo expresivo y su mundo, el cine de este hombre también fue irregular. Alcanzó el estado de gracia en bastantes ocasiones, pero también tubo desfallecimientos y aunque siempre mostraba su sello, a veces no funcionó (no comparto ese obligado culto a los desaparecidos ilustres -sean literatos, artistas, etc.- que se empeña en que todo lo que realizaron fue extraordinario).

Recuerdo con cariño la justificadamente legendaria Bienvenido, Míster Marshall (1952) y existían algunos momentos y tipos entrañables en Calabuch (1956) y En los jueves milagro (1957). Pero me pareció gritona y hueca La vaquilla (1985) y sus últimas películas -Moros y cristianos (1987), Todos a la cárcel (1993) y París-Tombuctú (1999)- fueron una lamentable caricatura de su mejor cine.

Reí y disfruté enormemente con la formidable saga de la indescriptible familia Leguineche y aunque ese esplendor decayó en Nacional III (1982), sin embargo La escopeta nacional (1978) y Patrimonio nacional (1981) son tan divertidas como memorables.

En fin, hubo subidas y bajadas en la extensa filmografía integrada por diecisiete largometrajes. Pero su visión de la falsa e inservible caridad, de la utilización que hacen los instalados de los eternos pringados como por ejemplo las angustiosas letras que debe pagar el tragicómico Plácido para que no le quiten su motocarro y el acorralamiento, la degradación moral que sufre aquel pobre hombre que creyó que podría cobrar el sueldo de verdugo, lograr un piso subvencionado para su familia, encontrar su trocito de Cielo sin la obligación de ejecutar a nadie, le aseguran a su inmenso creador un lugar permanente en mi olimpo de los directores de cine más grandes.

Alfonso Esponera Cerdán o.p.

 

 



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